viernes, abril 15, 2011

El futuro de los neocons. Nueva entrega de la saga

No se le escapa a nadie que las revueltas y protestas en los países musulmanes han supuesto que el ideario neocon -identificado con la Agenda de la Libertad de Bush- haya vuelto a la actualidad. Y que, para sorpresa de muchos de nosotros, los partidarios de impulsar la democracia por el globo, llegando incluso a la intervención, son ahora mayoría. Sobre esta "Primavera Neocon" hablaré en otro momento, pero lo cierto es que los debates sobre, no el presente de los neocons, sino en el futuro del movimiento. 

Yo hace unos años reflexionaba sobre la misma cuestión. Dado que no se publicó en ningún lado recupero ese texto y lo copio aquí:

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 Incrementar nuestro ejército no será suficiente. Además como Comandante en Jefe, usaría nuestras fuerzas armadas sabiamente. Cuando enviemos a nuestros hombres y mujeres al peligro, definiré claramente la misión, pediré el consejo de nuestros comandantes militares, evaluaré los datos objetivamente y garantizaré que nuestras tropas cuentan con los recursos y el apoyo que necesitan. No dudaré en usar la fuerza, unilateralmente  si es necesario, para proteger al pueblo de los Estados Unidos o nuestros intereses vitales, cuando quiera que sean atacados o amenazados inminentemente”. Barack Obama en “Renewing American Leadership”, artículo publicado en Foreign Affairs, nº Julio-Agosto 2007. (Traducción propia)

Según la opinión común la Administración Bush es culpable de neoconservadurismo. Según esa misma opinión común las elecciones de noviembre de 2008 pusieron fin a esta controvertida etapa, porque Barack Obama no seguiría esa senda. Todo lo anterior es opinión común pero no necesariamente cierto: ni el neoconservadurismo llegó a la política de la mano de George W. Bush ni se extinguirá durante la cuadragésimo cuarta presidencia de los Estados Unidos. Y a los más recientes hechos nos remitimos.
Para entender el posible futuro de los neoconservadores hay que comprender su trayectoria. Ésta arrancó durante los años sesenta y setenta del siglo pasado con el desencanto de algunos demócratas con su Partido por considerar que la aceptación de los valores contraculturales minaba los valores sociales básicos, asociados al modelo familiar tradicional. Como escribió Irving Kristol:
"Nuestros intelectuales pueden sentirse "alienados" en la ortodoxia representada por The American Way of Life; pueden sentirse a disgusto en el mundo creado por ese modo de vida. El pueblo norteamericano, en su abrumadora mayoría, no se siente ni tan alienado ni tan a disgusto. Por su parte, el neoconservadorismo (sic.) se autoimpuso el designio de explicar al pueblo norteamericano por qué está en lo cierto, y a los intelectuales por qué están equivocados". (Reflexiones de un neoconservador, Buenos Aires, 1986).
En política exterior pensaban que la Distensión emprendida por Nixon y Kissinger debilitaba a Estados Unidos frente a la Unión Soviética, un régimen expansionista con el que no cabía posibilidad de coexistencia pacífica. Así, los neocons fueron forjando el desprecio moral al pragmatismo realista porque, según Percival Manglano:
La suya era y es una visión muy moralizada del ejercicio del poder en un mundo en el que se enfrentan las fuerzas del bien y del mal. Esta visión les impulsa a querer crear un mundo nuevo a imagen de las virtudes norteamericanas, opuesto a otro antiguo, corrupto, maquiavélico y cínico (“Los Neoconservadores”, GEES. Colaboraciones nº 18, pág. 3; accesible en internet).

Con la intención de frenar la deriva/decadencia demócrata irrumpió el neoconservadurismo en la vida pública estadounidense, sobre los ejes de la oposición al relativismo moral en la vida nacional y al realismo en política exterior. Eran los años de Irving Kristol y Norman Podhoretz. Años marcados por la Guerra de Vietnam. En aquel entorno, las ideas de los neoconservadores, moralistas, idealistas y confiadas en los valores y el poder de Estados Unidos, simplemente, no encajaban. Pero no se podía renunciar a dar la batalla cultural.

Los neoconservadores no cejaron y, alrededor de senadores demócratas Henry M. Jackson -a.k.a. "Scoop"- y Daniel P. Moynihan, de algunas cátedras universitarias, de las revistas Commentary y The Public Interest y de algunos centros de estudio (como el Committee to Maintain a Prudent Defense Policy), iniciaron la tarea de divulgar sus opiniones a la sociedad estadounidense.
Con la presidencia de Ronald Reagan y la llamada Revolución Conservadora el entorno social se volvió más receptivo para el mensaje de los neocons, permitiéndoles concentrarse en los asuntos internacionales y abandonar el Partido Demócrata por el Republicano.
El anticomunismo de Reagan brindó el marco propicio para que los neocons llevasen sus convicciones al aparato de política exterior norteamericano. Era el momento de Richard Perle, William Kristol y Paul Wolfowitz.
En los años noventa, los años del Nuevo Orden Mundial y del Fin de la Historia, George W. H. Bush encarnó la vuelta al realismo y el fin del activismo reaganiano. Justo cuando, según los neoconservadores, el colapso soviético daba la oportunidad de reconstruir el sistema internacional sobre sus propios valores, Estados Unidos se plegaba a una visión limitada del interés nacional. Era el momento unipolar y debía ser el momento para definir el futuro de la comunidad internacional. En definitiva, era el momento de liderar. Pero George H. W. Bush se desentendió de ese liderazgo, como se hizo ostensible cuando, durante la Guerra del Golfo (1990-91), optó por no derrocar a Saddam Hussein. Colin Powell y Dick Cheney participaron en aquellas decisiones. Aquel fue un punto crítico para los neoconservadores y la traición a unos aliados (a los iraquíes a los que se había animado a rebelarse y a los propios ideales estadounidenses). George W. H. Bush era el principal responsable, pero también lo era en parte la Organización de las Naciones Unidas, cuyo mandato para la guerra constriñó el poder estadounidense y permitió la pervivencia del régimen iraquí.
La presidencia de Bill Clinton fue una etapa de nuevas decepciones. Su política exterior, a ojos neoconservadores, careció de determinación para acabar con Al Qaeda y de contundencia al enmarañarse en un multilateralismo poco efectivo. 
Como en el pasado, los neocons se dedicaron a transmitir a la opinión pública su visión sobre el papel de Estados Unidos en el mundo tras la Guerra Fría. Una vez más, volvieron a las universidades, los medios de comunicación –fundamentalmente The Wall Street Journal, The Weekly Standard y The National Interest-, y los think tanks, como The Project for the New American Century y The American Enterprise Institute for Public Research. Era el momento de Charles Krauthammer.
Con George W. Bush en el poder, los neoconservadores volvieron al gobierno, pero fue el 11 de septiembre de 2001 lo que les hizo saltar a primer plano, al ser los primeros en dar al presidente un análisis de lo sucedido y ofrecerle un plan para combatir las amenazas globales contra Estados Unidos. Ese diseño, en el que destacaban la noción de guerra preventiva, la predisposición al unilateralismo y el recelo hacia las instituciones internacionales, se integró en las Estrategias de Seguridad Nacional 2002 y 2006. Era el momento de Paul Wolfowitz, William Kristol y Robert Kagan.
Y, ahora, en el momento de Obama, lejos de haber sido triturado el pensamiento neoconservador, su influjo se siente. Obviamente más en el lado republicano, Robert y Frederick Kagan, Irving Kristol, Max Boot y otros tantos en FOX, Weekly Standard, etc. ocupan y hacen opinión. Modelan debates. Debates en los que el equipo de política exterior de Obama no escapa y que se han sentido en Libia -"Gaddafi debe abandonar el poder"-. La política exterior, de defensa y de seguridad está totalmente permeada por el discurso neoconservadurismo.
Se sentía cuando Obama insistía en la campaña electoral en recuperar la seguridad de Estados Unidos mediante el despliegue de un escudo antimisiles efectivo. Se notaba cuando habló de reformar las Fuerzas Armadas para mantener una superioridad militar imbatible. Se ha notado cuando ha sostenido que Estados Unidos está abocado al liderazgo y manifiesta la convicción de que la suya es la nación indispensable. Se nota cuando no rechaza la posibilidad de acciones militares unilaterales, ni la estrategia preventiva, ni las coalitions of the willing. Y hay más ejemplos.

¿Puede sostenerse que los neoconservadores han perdido influencia? Quizá podamos hablar de reajuste pero no de desaparición de sus principios.
Los neoconservadores ocupaban un espacio en la política estadounidense antes de George W. Bush y no se evaporarán cuando él salga del Despacho Oval. Si la nueva Administración no cuenta con ellos, su actividad continuará en medios de comunicación, think tanks y cátedras desde las que hace casi cuatro décadas transmiten su visión del mundo a los norteamericanos.
 Eso sí, se acerca el momento de que los neoconservadores afronten un relevo generacional que traiga nuevos grandes nombres a su bando. De la brillantez de esos nuevos discípulos dependerá en gran medida la capacidad de atracción de los neocons. Ésa será la prueba de fuego para comprobar si los planteamientos neoconservadores mantienen su atractivo. Pero según C. Bradley Thompson esa renovación va a ser contante, dado el dominio de los straussianos en el ámbito universitario estadounidense.

Y de esas universidades y de internet, asistimos a otro punto de renovación del neoconservadurismo: la de su extensión global. Los estudiantes en esas Universidades norteamericanas, de prestigio, de calidad, forman una elite en la política y en el gobierno de sus países, y su bagaje intelectual llega a sus respectivos países. Internet, el acceso a las publicaciones y op. eds. permiten la vulgarización y extensión del pensamiento político neoconservador más allá de las elites.

Pero no todo es tan brillante en el futuro neoconservador. La relación con el Tea Party -contrario al gran gobierno y antielitista-, en apariencia armónica pero en la práctica tensa y contradictoria, el futuro del GOP, muy endeble, atado a eslogánes sobre la reducción de impuestos, no parece capaz de traer grandes renovaciones. Y eso, para aquellos que en su etiqueta llevan el prefijo "neo", debe ser una exigencia permanente.
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Interesantes videos:
Andrew Bacevich Vs David Frum

Sobre la expansión del pensamiento neoconservador en América Latina.

Y la presentación de dos libros contrapuestos:
Neoconservatism: An obituary for an Idea (con un intenso debate online vinculado) y The Neoconservative Persuasion

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