miércoles, abril 21, 2010

Doce Doce. Los transgénicos son los culpables

En Doce Doce con palabras sorprendentes, sabias y espectaculares de un insigne filósofo: ¿Platón? ¿Ortega? ¿Santo Tomás? ¿Descartes? No. Evo Morales.

martes, abril 20, 2010

Descansen en paz

Diez días sin internet tienen la culpa. Cuando la conexión ha vuelto leo una noticia inesperada. No es la primera de este tipo ni será la última. Siempre me apenan sinceramente. Este caso es un poco especial.

Al igual que el autor del post conocía al piloto. Misma época. Mismas circunstancias. Esa foto de familia con polo azúl es una de las muy pocas que conservo de ese pasado. En el armario madrileño que guarda mis pertenencias mientras doy vueltas por el mundo, esa misma camiseta azúl reposa. Número "3" a la espalda. La conservo como conservo todas las camisetas de esos años. No las visto más allá de la comodidad de la casa en invierno. El estado de conservación no es el óptimo ni uso la misma talla. Pero con qué orgullo me las pongo cuando se dan las condiciones propicias.

Como a todos los de la Hermandad del Balón Ovalado, hace mucho que no le trataba, así que no me atreveré a llamarle amigo. Pero ni tiempo ni distancia hacen que no sienta su muerte de manera especial. Manuel Dormido forma parte de recuerdos de aquel breve período de mi vida. Un buen tipo. Simpático. Bienhumorado. Avispado.

Descanse en paz. Descansen en paz los cuatro militares españoles que han dejado la vida en Haití.

viernes, abril 16, 2010

Repent

Sin otra cosa que añadir por el momento...

Visto aquí

miércoles, abril 07, 2010

Maravillas revertianas (IX): Por qué van a ganar los malos

Uno de los textos más claros -como si alguno no lo fuera, por otra parte- de Arturo Pérez-Reverte, que entra por méritos propios en la selección del autor realizada en esta casa.

Por qué van a ganar los malos
ARTURO PÉREZ-REVERTE El Semanal 19 de febrero de 2006


De la movida mahometana me quedo con una foto. Dos jóvenes tocados con kufiyas alzan un cartel: Europa es el cáncer, el Islam es la respuesta. Y esos jóvenes están en Londres. Residen en pleno cáncer, quizá porque en otros sitios el trabajo, la salud, el culto de otra religión, la libertad de sostener ideas que no coincidan con la doctrina oficial del Estado, son imposibles. Ante esa foto reveladora –no se trata de occidentalizar el sano Islam, sino de islamizar un enfermo Occidente–, lo demás son milongas. Los quiebros de cintura de algunos gobernantes europeos, la claudicación y el pasteleo de otros, la firmeza de los menos, no alteran la situación, ni el futuro. En Europa, un tonto del haba puede titular su obra Me cago en Dios, y la gente protestar en libertad ante el teatro, y los tribunales, si procede, decidir al respecto. Es cierto que, en otros tiempos, en Europa se quemaba por cosas así. Pero las hogueras de la Inquisición se apagaron –aunque algún obispo lo lamente todavía– cuando Voltaire escribió: «No estoy de acuerdo con lo que usted dice, pero lucharé hasta la muerte para que nadie le impida decirlo».
Aclarado ese punto, creo que la alianza de civilizaciones es un camelo idiota, y que además es imposible. El Islam y Occidente no se aliarán jamás. Podrán coexistir con cuidado y tolerancia, intercambiando gentes e ideas en una ósmosis tan inevitable como necesaria. Pero quienes hablan de integración y fusión intercultural no saben lo que dicen. Quien conoce el mundo islámico –algunos viajamos por él durante veintiún años– comprende que el Islam resulta incompatible con la palabra progreso como la entendemos en Occidente, que allí la separación entre Iglesia y Estado es impensable, y que mientras en Europa el cristianismo y sus clérigos, a regañadientes, claudicaron ante las ideas ilustradas y la libertad del ciudadano, el Islam, férreamente controlado por los suyos, no renuncia a regir todos y cada uno de los aspectos de la vida personal de los creyentes. Y si lo dejan, también de los no creyentes. Nada de derechos humanos como los entendemos aquí, nada de libertad individual. Ninguna ley por encima de la Charia. Eso hace la presión social enorme. El qué dirán es fundamental. La opinión de los vecinos, del barrio, del entorno. Y lo más terrible: no sólo hay que ser buen musulmán, hay que demostrarlo.
En cuanto a Occidente, ya no se trata sólo de un conflicto añejo, dormido durante cinco siglos, entre dos concepciones opuestas del mundo. Millones de musulmanes vinieron a Europa en busca de una vida mejor. Están aquí, se van a quedar para siempre y vendrán más. Pero, pese a la buena voluntad de casi todos ellos, y pese también a la favorable disposición de muchos europeos que los acogen, hay cosas imposibles, integraciones dificilísimas, concepciones culturales, sociales, religiosas, que jamás podrán conciliarse con un régimen de plenas libertades. Es falaz lo del respeto mutuo. Y peligroso. ¿Debo respetar a quien castiga a adúlteras u homosexuales? Occidente es democrático, pero el Islam no lo es. Ni siquiera el comunismo logró penetrar en él: se mantiene tenaz e imbatible como una roca. «Usaremos vuestra democracia para destruir vuestra democracia», ha dicho Omar Bin Bakri, uno de sus los principales ideólogos radicales. Occidente es débil e inmoral, y los vamos a reventar con sus propias contradicciones. Frente a eso, la única táctica defensiva, siempre y cuando uno quiera defenderse, es la firmeza y las cosas claras. Usted viene aquí, trabaja y vive. Vale. Pero no llame puta a mi hija –ni a la suya– porque use minifalda, ni lapide a mi mujer –ni a la suya– porque se líe con el del butano. Aquí respeta usted las reglas o se va a tomar por saco. Hace tiempo, los Reyes Católicos hicieron lo que su tiempo aconsejaba: el que no trague, fuera. Hoy eso es imposible, por suerte para la libertad que tal vez nos destruya, y por desgracia para esta contradictoria y cobarde Europa, sentenciada por el curso implacable de una Historia en la que, pese a los cuentos de hadas que vocea tanto cantamañanas –vayan a las bibliotecas y léanlo, imbéciles– sólo los fuertes vencen, y sobreviven. Por eso los chicos de la pancarta de Londres y sus primos de la otra orilla van a ganar, y lo saben. Tienen fe, tienen hambre, tienen desesperación, tienen los cojones en su sitio. Y nos han calado bien. Conocen el cáncer. Les basta observar la escalofriante sonrisa de las ratas dispuestas a congraciarse con el verdugo.

Nota breve en Doce Doce

En Doce Doce disfrutando con comentarios del ilustre Santiago Carrillo. Perlas del saber, sin duda.