martes, mayo 26, 2009

Sin City: crueldad y psicopatía.

He visto la película Sin City en dos ocasiones. Recientemente la segunda. Mi opinión no ha cambiado tras la revisión.




Adelanto alguna cosa: no me gustan los cómics en los que se basa la película. No me gusta el universo de Sin City, ni en general de Frank Miller –que hace 15 o 20 años era un buen autor y ahora es un plomo reiterativo-. Son tebeos visualmente poderosos, narrativamente endebles y con muchas ínfulas -virtudes y pecados traspasados tal cual a la película que Miller codirige con Robert Rodríguez-. Me cansan sus recursos narrativos y unos diálogos –o monólogos interiores- como mucho de "serie E". Pero, sobre todo, Sin City me parece una aberración en el orden de lo moral difícilmente defendible.

La película me ha parecido un desafío técnico prodigioso, pero también un espectáculo de violencia gratuita sin parangón. Como otra película de este estilo: Kill Bill. Porque Miller, Rodríguez y Tarantino –director invitado de Sin City- comparten un estilo parecido (más depurado en el caso del último, más ramplón en el de Rodríguez), así que casi todo lo que diré sobre Sin City vale para todas las obras de esta terna de creadores.

Sé que no queda moderno ni políticamente correcto hablar de moral y cine, y que lo que queda “guay” es ir de descreído por el mundo y "echar unas risas" mientras vemos cómo se tortura a un tipo en pantalla, pero yo, será que estoy mayor, no me siento a gusto con eso. Es lo que hay.

Volviendo al punto, Sin City justifica lo injustificable y hace de la crueldad un valor moral y elige como protagonistas a psicópatas. En Sin City el psicópata es glorificado por su singular destreza para causar daño. O sea se ensalza al personaje tipo y su forma de actuar: la crueldad. El héroe desaparece sustituido, ya no por antihéroes –como ocurre en buena parte del género policíaco-, por crueles asesinos, cuanto más crueles mejor.

Si repasamos las 3 historias que forman Sin City -no cuento ni la introducción ni el cierre en ellas-, 2 están protagonizadas por tarados archiviolentos en plena carnicería, son las de Dwight (Clive Owen) y Marv (Mickey Rourke). Sólo la de Bruce Willis -Hartigan- mantiene el esquema más habitual de poli honesto vs. psicópata tarado.

El caso es que Miller y Rodríguez se deleitan groseramente con sus criaturas, los “embellecen”, aunque sus actos no son para nada edificantes, ni siquiera son ingeniosos ni ocurrentes, la estética pretende que asistamos satisfechos a la brutalidad.

Los personajes disfrutan con sus carnicerías (los sicarios miran como Nick Stahl -Junior/Bastardo Amarillo- prepara sus torturas; los mafiosos se regodean en la manera de torturar de Manute -Michael Clarke Duncan-, Dwight y Gail -Rosario Dawson- sonríen mientras ejecutan a los mafiosos en el callejón; Marv dice que le encantan los matones porque les puedes hacer lo que sea y a nadie le importa), invitándonos a nosotros, espectadores, a regocijarnos de su capacidad para hacer sufrir. Y, claro, lo hacemos porque nos presentan todo con bellas imágenes. Además en muchos casos, muestran toda la violencia y crueldad con un toque cómico y burlón muy desagradable (los ejecutores se ríen de las víctimas constantemente).

Otro aspecto desagradable de Sin City es su misoginia y machismo. Todas las historias repiten el mismo esquema, chica se mete en líos y tío duro la saca -o no- de ellos. Que las putas de Old Town maten mucho, no quiere decir que no necesiten de Dwight para lograr vencer a la mafia. Nancy (Jessica Alba) y Shelley (Brittany Murphy) necesitan de un macho protector que les saque las castañas del fuego. Las mujeres que no tienen a su lado a ese hombre mueren (los dos “encargos” del asesino profesional interpretado por Josh Harnett; Lucille -Carla Gugino- que es lesbiana, las putas que devora Kevin -Elijah Wood-, se caracerizan porque no tienen un "macho alfa" protector y por eso acaban muriendo). El mensaje es claro: las mujeres son débiles, incluso las más fuertes, y necesitan un hombre al lado para garantizar su seguridad (y ni por esas). En este sentido la actitud machista se refleja muy claramente en la escena en que la Wendy y otras de las chicas de Old Town creen tener controlado a Marv, pero en realidad él es quien les está perdonando la vida.

Para continuar en esta línea de vinculación sexo-violencia: entre los personajes masculinos hay una vinculación directa entre la capacidad para ejercer la violencia y la virilidad; algo así como más macho cuanto más asesino se sea. El Bastardo Amarillo y uno de los matones torturados por Marv son castrados a lo bravo y eso ya les deja indefensos, "desarmados"; el personaje de Benicio del Toro se mete en los líos en los que se mete porque las mujeres cuestionan su hombría, y de hecho, el personaje amenaza pero lo único que hace es morir... parece que como no puede follar es incapaz de matar, o al revés, y como no puede matar sólo le queda morir. Incluso Hartigan, que es el más débil de los "héroes" de Basin City, viejo y achacoso, es el que siente un amor de tipo más romántico, menos carnal y que siente algún reparo ante la idea de acostarse con la chica, Nancy.

Por cierto, ¡qué cómodo resulta el personaje del psicópata! Realmente los guionistas tienen que currar muy poco para construir un personaje con algo de entidad. No tienen que justificar ni que explicar nada. Los actos del psicópata son como son y punto. El tipo hace lo que hace porque es un desequilibrado y con eso basta. O sea con decir de un personaje que es un asesino psicopático ya está, no hay que hacer más. Además el psicópata aplicará su condición en cualquier situación dramática que se imagine, así que no hay progresión ni evolución ni nada. Hay que joderse con los guionistas vagos, a los que no parece importarles un pequeño detalle: el psicópata no puede crear empatía en el público –preocupante es lo contrario-. O sea, nadie suele identificarse con un tarado de tomo y lomo, por tanto al final el destino del personaje importa poco.

Toda está glorificación de los actos de los fuertes porque sí, porque pueden, porque son capaces de hacer más daño, ese discurso de la primacía de los más fuertes, resulta demasiado perturbador, preocupante. Para los autores, las explicaciones no son necesarias, la fuerza es la justificación en si misma. En ese sentido hay unos personajes que Miler –y sus compañeros de faena- mitifica sobre manera: los superasesinos, esos Marv, Kevin o Miho -Devon Aoki- absolutamente inverosímiles por su capacidad innata de despachar varios cientos de miles de personas, parece casi que tienen superpoderes (mandando al garete cierta pretensión de evitar los artificios de los cómics de superhéroes). Recuerdo la escena en la que Dwight, pega un salto considerable desde la ventana de Brittany Murphy para seguir a Benicio del Toro y se queda tan campante. Mirad, si fuera Superman, diría: “vale, me lo creo” pero siendo un fulano normal, no cuela. Y lo mismo valga para Miho, Kevin o Marv. Personajes excesivamente capacitados para hacer lo que hacen y que resulte creíble.



En definitiva, suscribo la opinión que manifestó Carlos Boyero en uno de los chats en El Mundo hace tiempo:
"[Pregunta] 14. ¿Ha visto Sin City? ¿Que tal queda en Blanco y negro la última de Robert Rodríguez?
[Carlos Boyero] Me fascina su estética durante media hora. Después acabo harto de tanta violencia gratuita, de tanto pasote posmoderno.
"

---------------------------------------------------------------------------------------------
P.S.: Por ausencia de tiempo y oportunidad no he podido reacomodar el blog según era mi voluntad. Pero sigo pendiente y a la menor ocasión se harán las modificaciones pertinentes.

No hay comentarios: