lunes, junio 09, 2008

Maravillas revertianas (V y VI): Sobre Borges y sobre gilipollas / El muelle flojo de Umbral

En mi suave regreso, otra de las secciones más o menos arbitrarias que uso para no darle a la tecla o a la mollera, según el caso. Dos textos del académico de Cartagena del género "dar cera, pulir cera", que diría el señor Miyagi. Divertidos a rabiar.

"Sobre Borges y sobre gilipollas

ARTURO PÉREZ-REVERTE

Pues nada. Resulta que en Buenos Aires, interrogado sobre el Borges omnipresente en mi novela La tabla de Flandes, que además se abre, a modo de epígrafe, con sus versos sobre el jugador de ajedrez, estuve hablando un rato de la obra del escritor argentino. Era inmenso y enorme, dije, reconociendo así mi deuda literaria. Salió luego, a pregunta de un amigo, el Borges más personal: sus filias y fobias, lo cruelmente que trató a otros escritores, su manifiesto, público y casi constante desprecio a la lengua falta de recursos en la que, según afirmaba, no había tenido otro remedio que resignarse a escribir. Su autobiografía dictada, donde apunta que, tras leerlo primero en inglés, El Quijote en castellano le pareció "una mala traducción". El hecho de que hasta que le fue concedido el premio Cervantes no tuviera una sola palabra amable para lo español. Que lamentase no haber sido un escritor en lengua inglesa, y que durante casi toda su vida negase la indiscutible, y felicísima, influencia que los autores en lengua española, como Quevedo -en su árida prosa- y el mismo Cervantes tuvieron en su obra, y que escribiera: "los galicismos son el único aporte serio de España a la cultura occidental". En vista de lo cual, dije -y lo sostengo- a mí esas actitudes me parecen propias de un snob. Que en España es una de las variantes que asocio con la palabra gilipollas.

En Argentina, donde la declaraciones fueron por lo general recogidas en su contexto, y donde además todo el mundo conoce a Borges perfectamente, casi nadie se rasgó las vestiduras. A Borges ya lo habían llamado otras cosas peores, y lo que hubo fue cierta polémica, unos a favor, y otros en contra; pero sin conmociones y sin ruido excesivo. Hubo quien dijo que el gilipollas era yo, y también quien sostuvo que por fin alguien se atrevía a decir en voz alta lo que muchos argentinos piensan al respecto. Incluso alguien llegó a escribir que lo mío podía considerarse una boutade borgiana que el propio Borges podía haber suscrito; y que donde las dan, las toman. Nada de particular, ninguna crisis. Todos entendieron que mi comentario no pretendía restar un ápice a la talla literaria del viejo genial y malvado. Al fin y al cabo, sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando.

En España, sin embargo -aquí todos somos más borgianos que Borges y más faulknerianos que Faulkner-, la cosa fue diferente. Mi paisano Jaime Campmany me dio un cariñoso y paternal tirón de orejas. Otros, los autoerigidos en guardianes de la memoria borgiana -cosa que uno jamás sospecharía cuando lee lo que escriben- pusieron el grito en el cielo. Luis Antonio de Villena, por ejemplo, escritor imprescindible, en pleno soponcio emocional, le pidió prestado el frasco de las sales al no menos imprescindible Vicente Molina Foix. Y Francisco Umbral, guardián de todos los centenos sembrados por los grandes de la literatura -preferiblemente muertos, que se dejan plagiar sin decir ni pío- me hizo el honor de dedicarme una doble página de revista, aprovechando la coyuntura para hablar de su autor favorito, que es él mismo. El planteamiento era previsible: Pérez-Reverte ataca a Borges. Borges y nosotros estamos en el mismo nivel, Maribel. Luego Pérez-Reverte nos ataca a nosotros. A las perlas del estilo, a los artífices de la prosa pura y exquisita. A los herederos de Valle, Borges, Ramón y Proust. A nosotros, que nos queremos tanto.

Pensaba ahorrarme esta página porque suelo ir a lo mío, no tomo copas en bares de escritores y lo literariamente correcto me trae al fresco. Pero ver entrar en danza a Francisco Umbral me ha hecho, lo confieso, gotear gozosamente el colmillo. Ya tenía yo ganas de que se me arrancara ese victorino. "Pérez-Reverte -escribe el fino estilista- ha elegido a Borges como chivo emisario para atacar a todos los escritores de prosa pura, de creación verbal". Aparte del galicismo de "chivo emisario" por "chivo expiatorio", comprensible en un borgiano que desayuna cada mañana leyendo un tomo de Proust -en francés, supongo-, y de citar mal a Borges al atribuirle después, en una presunta cita del escritor argentino, un leísmo que Borges -que los detestaba- no usa pero Umbral sí, amén de "noche mutua" en vez de "unánime noche" (Ficciones: Las ruinas circulares), Francisco Umbral mezcla las churras con las merinas para ir donde pretende y le duele: que la literatura "de asunto" es el cáncer de la verdadera literatura; y que la verdadera literatura, la novela como Dios manda, es la farfolla muy bien escrita pero sin nada dentro. El estilo, chaval. La escultura léxica. O sea. Uno se hace cargo. Comprendo que debe de ser muy duro ganarse la vida haciendo magníficos artículos de folio y medio cuando lo que a uno le gustaría es ser novelista, y vender muchos libros, y aparecer en las listas de más vendidos. Uno comprende que debe criar muy mala sangre encontrarse en posesión de una prosa excelente, a veces perfecta, y sin embargo no ser reconocido como novelista de pata negra; que por alguna extraña razón, es lo que a la larga da prestigio y da pasta. Es lógico que cuando Francisco Umbral califica de "angloaburridos" a novelistas "de asunto" y luego va a firmar a la Feria del Libro y se encuentra que Javier Marías está firmando con una cola de cincuenta señoras encantadas y otros tantos caballeros -lo de las señoras es lo que más mortifica-, y el propio Umbral sólo tiene seis que pasaban por allí, eso genera muy mala leche. Como que su antiguo protegido Juan Manuel de Prada, que sí tiene buen estilo y además cosas que contar, haya escrito Las máscaras del héroe, que es tal vez la mejor novela española de los últimos veinte años, y también la novela exacta que Francisco Umbral siempre quiso escribir, y nunca pudo, o supo. O que a su edad uno tenga que hacerse fotos en pelotas para promocionar un libro sobre el viagra, y encima no se coma una rosca. O que esa reciente novela suya medio social y medio policíaca, descomunal, inmensa, extraordinaria, imperecedera según el coro de palmeros finos patroneado por Miguel García-Posada y sus cacheteros, cuyo título -lo juro por mi madre- no consigo recordar en este momento, y que iba a acabar con todas las novelas publicadas y por publicar, haya pasado, como puede atestiguar cualquier librero español -fuera de España nadie sabe quién es Francisco Umbral- por las librerías, incluídas las más selectas, sin pena ni gloria. Como todas las demás.

Uno comprende todo eso, porque tal y como están las cosas, los botines blancos de Valle Inclán, y la sombra de Ramón, y el bastón de Borges no bastan para saciar a quienes, además de maestros de periodistas, ambicionan ser considerados, también, maestros de novelistas. Ahí es donde duele, y lo siento; porque la verdad es que aquí cabemos todos, y es el lector -que está lejos de ser el imbécil que Francisco Umbral supone- quien al final decide. Pero ocurre que una novela es algo muy serio y complejo, que exige largo trabajo, estructura, esfuerzo y humildad profesional, y no se solventa con un bello estilo, dos frivolidades y cuatro asuntos expoliados a otros entre dos columnas en la prensa, una fiesta social y la presentación de un libro escrito y jaleado por los amiguetes de la Sociedad de Bombos Mutuos. Y por cierto, ya que tocamos lo del expolio, Francisco Umbral confiesa que mis novelas, como las de muchos otros, le parecen aburridas. A mí, sin embargo, las novelas de Francisco Umbral me parecen divertidísimas, pues paso muy buenos ratos subrayando en ellas párrafos y asuntos ajenos, de los que tal vez, si me anima, y en este estilo tosco que me caracteriza, podríamos hablar despacio otro día. Maestro."



"El muelle flojo de Umbral

ARTURO PÉREZ-REVERTE El Semanal 27 de
noviembre de 2005

Hace años tuve una polémica con Francisco Umbral que acabó cuando escribí un artículo titulado Sobre Borges y sobre gilipollas, donde el gilipollas no era Borges. Desde entonces, en lo que a mí se refiere, Umbral ha permanecido mudo; cosa que en un teclista con su logorrea –«escribe como mea», dijo de él Miguel Delibes– supone un prodigio de continencia. Pero el tiempo pasa, la edad termina aflojándole a uno el muelle, y ahora vuelve a meterme los dedos en la boca. El estilo, o sea. Al maestro de
columnistas no le gusta mi estilo literario, y le sorprende que se lean mis novelas. También, de paso, le parece inexplicable que nadie lea las suyas, ni aquí ni en el extranjero. Que fuera de España no sepan quién es Francisco Umbral, eso dice tenerlo asumido: su prosa es tan perfecta, asegura, que resulta intraducible a otras lenguas cultas. Pero no vender aquí un libro lo lleva peor. No se lo explica, el maestro. Con su estilo. Así que voy a intentar explicárselo. Con el mío.

Francisco Umbral tiene –y nos lo recuerda a cada instante– la mejor prosa de España. También cultiva una imagen, más social que literaria, inspirada en el malditismo narcisista y la soledad del escritor incomprendido y genial. Pero eso es cuanto tiene. Nunca pisó una universidad como alumno, ni leyó un clásico, ni tuvo una formación que trascendiera la cita, el plagio entreverado y el picoteo de lo ajeno. La lectura tranquila de sus libros y columnas sólo revela frivolidad superficial, incultura camuflada bajo la brillante escaramuza del estilo. En realidad, Umbral nunca tuvo nada que decir. La idea, el comentario o el libro citados en abundancia aquí y allá –a menudo de forma incorrecta, como ocurre con Borges y la Biblia, entre otros– casi nunca provienen de lecturas directas, sino que delatan la tercería de la revista, suplemento cultural, antología o texto ajeno donde fueron espigados.

Sospecho, además, que Umbral anda muy flojo de lenguas, lo mismo vivas que muertas, aunque para el estilo le baste con la que tan bien maneja. Y en cuanto a la gran novela básica, la que forma los cimientos de todo novelista sólido, su ignorancia resulta asombrosa en un escritor de tales pretensiones. Por eso resulta esclarecedor que, en sus innumerables intentos frustrados de novelar, mencione siempre con desprecio a Cervantes, Galdós, Dickens, Tolstoi, Dostoievski o Baroja, y entre los contemporáneos, a Marsé, Mújica Lainez o Vargas Llosa; o que cometa la bajeza de situar al honrado José Luis Sampedro o al dignísimo e impecable Luis Mateo Díez a la misma altura que a Mañas, el chico del Kronen. En esa línea, las universidades sólo valen para algo cuando invitan a Umbral, y le pagan. Igual que los premios literarios, el Cervantes o la Real Academia: sólo tienen prestigio si él los consigue.

Y es que Umbral no escribe literatura: él es la literatura –«Borges y yo», afirmaba sin complejos hace unos años–. Y si la gente no lo lee, es porque a la gente no le interesa la literatura; no porque no le interese Umbral, ni porque repugne, por ejemplo, el sexo turbio que impregna sus novelas; más turbio aún cuando imaginamos al propio Umbral practicándolo. Un personaje de quien Jimmy Gimenez Arnau –que no se diría, en rigor, espejo de virtudes– ha escrito: «Padece cáncer de alma».

La cita no es casual, porque, además de ser un periodista que nunca dio una noticia, de que en sus novelas y columnas no haya una sola idea, y de alardear de una cultura que no tiene, lo que trufa toda la obra de Umbral, desde el principio, es su bajeza moral. La «infame avilantez» que, ya metidos en citas, le atribuyó la poetisa Blanca Andreu. Siempre estuvo dispuesto a despreciar a novelistas ancianos o fallecidos como Gironella, Aldecoa, o el Cela a cuya sombra en vida tanto medró –y a quien dedicó, caliente el cadáver, un librito oportunista e infame, escrito, eso sí, con estilo sublime–, o a insultar y señalar con el dedo a antiguas amantes y a mujeres que le negaron sus favores; aunque esto lo hace sólo cuando no pueden defenderse y sus maridos están muertos o en la cárcel. Tan miserable hábito no lo mencionaría aquí de limitarse a lo privado; pero es que Umbral tiene la bajunería de salpicar con él su literatura.

Su bello estilo. A todo eso añade una proverbial cobardía física, que siempre le impidió sostener con hechos lo que desliza desde el cobijo de la tecla. Pero al detalle iremos otro día. Cuando me responda, si tiene huevos. A ver si esta vez no tarda otros cinco años. El maestro."

4 comentarios:

Rafael B. dijo...

Sobre los errores de F. Umbral al citar, recuerdo uno de esos espectacular. Coincido con A. Pérez Reverte en lo que dice, sobre todo en el primer artículo, por mucho que hayan pasado años.
A mi Umbral también me parecía un gilipollas con estrambote y columna propia. Una de las veces que le tocó a la religión ser la víctima de su logorrea, empezó hablando de la brutalidad de un "Dios que obliga a Isaac a sacrificar a su hijo"... imaginen el resto. Mi conclusión: si de un relato tan conocido de la literatura universal es capaz de ignorar tanto y usarlo tan burdamente, de todo lo demás parecidas raciones nos sirve.
Nunca lo tuve en un pedestal porque me parecía que usaba muchas palabras para no decir nada, y ahora le tenía que sumar la supina ignorancia del patrimonio común. En fin.

Dick Turpin dijo...

Me reconozco poco conocedor de la obra de Umbral más allá de la columna. EN línea de lo que indican los textos de Pérez Reverte, los "puntos fuertes" como columnista de Umbral no me atraían como novelista. El barroquismo hueco y la egomanía, valen para una cosa pero no para la otra -porque las manias de Umbral, así en bruto y en 300 páginas como que no-.
Además me reconozco de las mentes simples que disfrutan con las novelas en las que pasan cosas y no por las que son puro estilo. Me pasa en cine también. Por ejemplo entre un Henry Hathaway y un Peter Greenaway, no lo dudo SIEMPRE escojo al primero y evito al segundo.

Y luego está esa cosa de Umbral, usando a los difuntos -que aguantan casi todo-, atacando a todo hijo de vecino que no le riese las gracias, lo que tampoco me resultaba demostración de gran genio.

Pero vamos, que supongo que habrá gente que no podrá irse a dormir sin haber leído 20 páginas de alguna obra umbralina ¿no? que hay gente pa'to'

saludos,
DT

Cowboy en paro dijo...

A mi las columnas de Umbral me parecían simpáticas a veces y muy bien escritas siempre, con muy buen estilo es verdad, pero también es cierto que decía unas chorradas alucinantes y que solía dejar esa sensación de que como persona era efectivamente un autentico gilipollas, respecto a sus novelas es verdad que empecé alguna y no fui capaz de pasar la pagina quince o veinte, me parece que Reverte no va muy mal encaminado en su critica al maestro.

Y por supuesto yo también prefiero el cine y las novelas en las que pasan cosas, el ejemplo que has puesto tu Dick me parece perfecto.

Dick Turpin dijo...

Cowboy,

bien sabido es que ambos tenemos un gusto exquisito.

saludos,
DT