martes, septiembre 25, 2007

Valentí Puig sobre los mileuristas

Como apuntaba Butzer he disfrutado -vaya si lo he hecho- de vacaciones en los días pasados y he vuelto a perezosear con gusto... (realmente a veces creo que soy pura pereza sin control).

Pero lo bueno no dura y toca la vuelta al cole -puagggggggggg, qué grima que da-. Para la vuelta, poco a poco y de forma suave, sin quemarme la sesera, vamos, cuelgo una muy acertada columna de Valentí Puig que leí hace unos días en el ABC -sí, soy de los que todavía leen el ABC, que según parece son/somos los últimos de Filipinas- del jueves 20 de septiembre de 2007, que os reproduzco a continuación:


Los mileuristas y Zapatero
POR VALENTÍ PUIG


AUNQUE los mileuristas sean una realidad demasiado perentoria para irle arrojando promesas, ni una conjura de Estado evitaría que la campaña electoral ya en curso les agasaje, utilice y desfigure. Escójase una parte del electorado sin pautas conocidas, más bien indeciso o propenso a abstenerse, y para allí irán los candidatos, como los antiguos conquistadores arribaban a nuevos mundos y ofrecían una ristra de abalorios a cambio de plata y oro. Se lo van a prometer todo a cambio del voto. Importará poco que la segmentación sistematizada del electorado afecte a los modos de representatividad de la democracia, como ocurre a veces con las agrupaciones electorales de pensionistas. Un partido político que se haga rehén de grupos de intereses segmentados a la larga se menoscaba a sí mismo al perder la condición de portavoz de intereses generales.

El mileurismo es consecuencia paradójica del crecimiento y a la vez de una cierta catalepsia social: una sociedad como la española, capaz de tantos cambios y adaptaciones, ahora presencia con perplejidad cómo no es lo suficientemente fluida y carece de la necesaria movilidad interna para romper un cuello de botella generacional: lo que llamamos mileurismo. Pero los mileuristas son un grupo de gran heterogeneidad, caracterizados por su edad y por la cuantía de sus ingresos, pero, por lo demás, de una extremada diversidad. Ambiciones, contextos, geografías y orígenes les diferencian entre sí. Les une estar viendo lo larga que es la cola ante el ascensor de acceso a la plena profesionalidad y a mejoras salariales progresivas.

Habrá y hay quien quiera convertir el mileurismo en una ideología o en una comunidad de lamentos, pero de hecho es un estado transitorio. Incómodo, generador de ansiedad, tal vez defraudador, pero generalmente transitorio. Al menos eso indica hasta ahora la capacidad de la sociedad española por salirse de crisis incluso más graves. Por ejemplo: la familia en España absorbió de forma ejemplar la durísima vigencia del paro, en un momento en que los fatalistas lo daban todo por inútil, como ahora agobian a los mileuristas con idénticos síntomas de impotencia y desistimiento. Son los profetas de la inacción. Frente a la competitividad y la imaginación, fomentan la autocompasión. Elaboran una estética del mileurismo en lugar de apostar por el crecimiento económico y el esfuerzo personal. Prometen subvenciones en lugar de abrir puertas.

El Estado de Bienestar, que fue el logro de la Europa de postguerra, renquea según el diagnóstico general, pero incluso así añadimos el derecho a la vivienda a una ya extensa panoplia de prestaciones sanitarias sociales y educativas que ni el contribuyente ni la demografía pueden soportar. Hay datos para sostener que los excesos de asistencialidad fomentan el inmovilismo. Incluso la socialdemocracia sueca sabe que, de ofrecer según cuáles prestaciones por desempleo, hay quien prefiere no buscar trabajo aunque lo tenga a dos pasos.

En realidad, la sociedad española todavía no ha intentado, en términos reconocibles, desplazarse en busca del puesto de trabajo en lugar de pretender que sus hijos tengan un puesto de trabajo en la esquina de casa. A diferencia de otras sociedades, la movilidad geográfica es escasa, laboralmente hablando. Seguramente lo mismo podría decirse de la vivienda. Otras generaciones han pasado por pruebas equiparables: períodos de aprendizaje sin contraprestación económica, el vía crucis de las horas extra o los noviazgos interminables. En general, los mileuristas crecieron en familias con una capacidad adquisitiva que posiblemente haya sido la mejor en la España moderna. Sus padres se lo dieron todo para que triunfasen en la vida y ahora resulta que, con un puesto de trabajo a veces inferior a su cualificación, cada mes sólo tocan mil euros. Incluso sin querer, con la mejor de las voluntades, los políticos pueden ofrecerles a los mileuristas un ansiolítico social en forma de promesa de cara a las elecciones. Algún sociólogo formulará dosis de autoconmiseración argumentando que los pobres de hoy son los jóvenes. Los primeros perjudicados por esta falacia son los jóvenes del mileurismo. Unos mileuristas pronto se comerán el mundo, otros optarán por compartir el trabajo con la vida privada, otros no triunfarán. Nada está escrito. Los individuos forjan su propio destino. En el fondo, el mileurismo es un mito.



En próximos comentarios me lo trabajaré un poco más, sin herniarme eso sí, que ya nos vamos conociendo ¿no?

4 comentarios:

Javi dijo...

Es verdad lo del inmovilismo consustancial con el españolito de a pie...En los "otros países avanzados", se alquila más y se compra menos, precisamente por lo mismo, para poder tener movilidad en caso de que salga un trabajo mejor al otro extremo del país.

Anda que no nos queda nada para llegar a este punto...

Por cierto, ya era hora lo de actualizar...

Saludos

Javi

Doe Neocón dijo...

Lógico que el sureño Javier se centrara en lo del inmovilismo :)

En fin, artículo interesante. Me quedo con la alusión a la familia como parachoques de las desgracias sociales. Una vez que la hayamos hecho saltar por los aires, una racha de aire podrá ya derribarnos a todos.

Butzer dijo...

Bueno, veo que ya te vas desperezando...jejeje
El problema está en que el mileurismo en muchos casos está dejando de ser un estado transitorio a ser un destino o un estado en el que estancarse...
PD: no eres el único que lee el ABC.
Saludos, y bienvenido otra vez.

Anónimo dijo...

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