jueves, marzo 08, 2007

Anécdota muy de mi gusto

Extraigo un episodio del libro Madeleine Albright. Biografía íntima de una de las mujeres más admiradas de Estados Unidos (Michael DOBBS, Ediciones Península, Barcelona, 2002, 488 páginas). La anécdota en cuestión se encuentra en las páginas dedicadas a las protestas estudiantiles de 1968 en las Universidades estadounidenses –en este caso en Columbia donde Madeleine Albright estudiaba; dejadme decir en favor de la ex-secretaria de Estado de Clinton que no participó de las algaradas- con la Guerra de Vietnam como principal objeto de la denuncia estudiantil.

“Uno de los principales asesores académicos de Columbia era Zbigniew Brzezinski, uno de los pocos miembros de la facultad que se oponía fuertemente a los estudiantes. Brzezinski, que había huido de Polonia con su familia al principio de la Segunda Guerra Mundial, escribió más tarde un famoso artículo en el que denunciaba la 'revolución' como una 'contrarrevolución'. En su opinión, los 'revolucionarios' eran simplemente unos enemigos del progreso, incapaces o poco dispuestos a adaptarse a los cambios que estaban ocurriendo en Estados Unidos en la era postindustrial. Los estudiantes, a su vez, denunciaron que Brzezinski era una herramienta del complejo militar-industrial. Tras coger a un cerdo por le hocico, marcharon por la calle 118 hacia su instituto coreando 'A pig, a pig, for Profesor Zbig' (‘Un cerdo, un cerdo, para el profesor Zbig’). Brzezinski, que ya veía al cerdo defecando en su despacho o echándosele encima mientras se disparaban los flashes de las cámaras, rogó a las autoridades universitarias que llamaran a la policía. 'Los decanos estaban acojonadísimos', recuerda. Unos minutos después, Brzezinski cambió su opinión sobre los decanos: dos coches de policía frenaron justo delante de los manifestantes y ordenaron a los estudiantes que se retiraran. Pero resultó que a la policía no la había llamado la universidad, sino una sociedad protectora de animales. Los estudiantes volvieron unos días después sin el cerdo para enfrentarse al 'criminal de guerra' Brzezinski. Según su propio relato, bajó las escaleras para enfrentarse a ellos mientras se comía tranquilamente una manzana. 'Tenéis diez minutos para hacerme las preguntas que queráis, luego tengo que volver a mi despacho para planear algún genocidio más', les dijo” (página 229).


Las palabras -destacadas en negrita- de Brzezinski, el hombre que quiso ser para los demócratas lo que Kissinger fue para los republicanos, recogen el espíritu que anima este blog.

Por cierto, intentad decir en voz alta Zbigniew Brzezinski… eso sí que es todo un desafío.