jueves, diciembre 14, 2006

De dictadores vivos y muertos

Pinochet ha muerto. No le echaré en falta. Desde hace tiempo Pinochet no era más que un fósil, una reliquia de museo. Su figura despertaba un desprecio casi universal bien merecido. Los chilenos pudieron deshacerse de Pinochet en vida y relegarlo cada vez más al rincón de su Historia. El acoso judicial fue creciente y el dictador demostró su corrupción, miseria y cobardía.

Castro, casi muerto, sigue agarrado a la poltrona. Es un dinosaurio. Los cubanos no tendrán la suerte de poder apartar a Fidel Castro del Poder.

Pero lo peor –y más peligroso- de cara al futuro es que Castro aún cuenta con bastantes seguidores, amigos e incluso algún émulo que justifican la “obra” política, vulgar eufemismo para no llamarlo dictadura, del Comandante. Pienso en gentes como Pablo Milanés, Ignacio Ramonet, Oliver Stone, Gabriel García Márquez, Evo Morales y Hugo Chávez. Incluso Isabel Allende marca distancias entre el difunto chileno y el moribundo cubano. ¿Por qué? ¿Las cifras de represión y emigración en Cuba no bastan para calificarle?

Pinochet ha muerto. No le echaré en falta. Muchos, la mayoría, sienten pena porque el ex-dictador nunca fue condenado por sus crímenes, aunque la Historia ya le colocó en el lugar que merece. Saddam Hussein ha sido otro sanguinario dictador, pero sí ha sido juzgado y espera la ejecución de su condena. ¿Gracias a la ONU? ¿A las ONGs y a todos aquellos que no cesan de hablar de Derechos Humanos? Pues no, más bien eso hay que apuntarlo en el haber de los muy unilateralistas marines, Bush, Rumsfeld, los neocons y la justicia iraquí.

Pinochet ha muerto. No le echaré en falta. Y los medios de comunicación se ocupan ampliamente de su vida, muerte, funeral, etc. En julio murió Ta Mok, apodado El Carnicero -ni más ni menos-, y apenas se le dedicaron unos obituarios de media página en prensa; sin embargo, el nombre de Ta Mok es el de uno de los mayores asesinos del siglo XX pues fue uno de los Jemeres Rojos que enloquecidos de ideología comunista y de proyectos de ingeniería social sumieron Camboya en un período de atrocidad y crueldad sin parangón. ¿Por qué tanta diferencia?

Los Derechos Humanos son universales. Y la misma condena, rechazo y repugnancia deberían dar Pinochet y Ta Mok. Y Castro. Y Saddam. Y Franco. Todos ellos dictadores despreciables, ruines. Sin distinciones.

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