martes, septiembre 05, 2006

La dura vida de un soldado en el XVII


Hablemos de Historia. Con el estreno de la película de Alatriste en los cines se han publicado muchas cosas; ésta del historiador Rafael Valladares aparecida en el ABC del pasado viernes (1 de septiembre) es de las más sugerentes. Sobre la película ya hablaré más adelante. Quien tenga más interés sobre los Tercios, que pinche. Otro buen enlace en geocities.com y una cronología de los principales hechos de los tercios en Clío.

La dura vida de un soldado en el XVII

POR RAFAEL VALLADARES

Aquel joven del siglo XVII de apenas veinte años nacido en una aldea de Castilla, Galicia o Extremadura, sabía lo que significaba enrolarse en el ejército de Su Majestad. Su vida podía cambiar e incluso -algo menos frecuente- mejorar de fortuna. Desde niño había escuchado hablar de la guerra sostenida en Flandes contra los «rebeldes» holandeses. En el teatro o en las historias de veteranos de paso por su localidad o de regreso a ella, la imagen de la guerra de Flandes era una constante. Lo de menos era si el Rey Católico ganaba o perdía. Incluso podía hablarse con relativa libertad de si la causa valía la pena. «Y qué, si ellos se quieren perder», exclamó un diputado en las cortes castellanas de 1593 en alusión al calvinismo de los holandeses.


Lo que realmente contaba para aquellos reclutas era la experiencia de salir del terruño en un tiempo en el que muy pocos viajaban. Al ser en su mayoría gente del pueblo llano, de pronto adquirían autoestima y reconocimiento social: de meros campesinos analfabetos o chusma urbana, se convertían en soldados del Rey, en sus protegidos gracias a la jurisdicción privilegiada a la que ahora pertenecían. A todos les aguardaban muchos años bajo las banderas de su tercio, formando un núcleo emocional sustitutivo de esa familia que no podrían tener hasta mucho después -o quizás nunca-. De ahí tomaban lo mejor de su fuerza, en las situaciones más nobles, y lo peor de su furia, cuando se trataba de vengar al camarada.

Un dicho de la época resumía muy bien la vida que esperaba al soldado: «España fue mi natura, Italia, mi ventura, Flandes, mi sepultura». En efecto: el periodo formativo solía cumplirse en Nápoles o en Milán, entonces territorios de la Monarquía Hispánica. Después atravesarían el «Camino Español», una cadena de rodamiento entre los Alpes y la frontera franco-alemana hasta alcanzar Flandes. Era un viaje inolvidable, sobre todo si había oportunidad de ver Roma o Toscana. Otras veces eran llevados por mar directamente desde el Cantábrico. En aquellas caravanas acompañaba a la tropa otro ejército de buhoneros, criados y prostitutas (la necesidad de éstas se había calculado en un 10% respecto del total de hombres).

En los Países Bajos les esperaba la guerra, pero también la convivencia con los italianos, alemanes, irlandeses, ingleses y flamencos del inmenso y cosmopolita ejército del Rey (cerca de 90.000 efectivos en 1640). Sólo por esto valía la pena vivir -y morir- aquella vida, incluso si uno quedaba «estropeado» o «roto» (mutilado) o alcanzado por el «mal de corazón» -una especie de neurosis depresiva-. ¿Hubiera sido mejor permanecer en Castilla atado a la monotonía del campo, al pago de tributos crecientes, a la arrogancia de los poderosos? En este sentido, acudir a Flandes representaba un acto libertador. Y de ahí, seguramente, surgió el género literario de las memorias escritas por los veteranos. Por inverosímiles que parecieran, la gesta consistía en que su autor y su protagonista no eran un santo ni un noble, sino un simple soldado o un mediano capitán. Todo un desafío a la rigidez social de la época.

La soldada -esa paga de 3 ó 4 escudos al mes- apenas compensaba las penalidades de la disciplina, pero el saqueo del enemigo (y del lugareño) cubría el resto. También el compadreo con los mandos permitía ingresos adicionales: simplemente, la palabra corrupción cobraba un significado peculiar en aquella máquina militar tan enorme. Al motín, que podía durar meses, sólo se recurría en casos extremos, y era una señal de la conciencia que de su poder y capacidad organizativa tenían las tropas.

Todo indica que la guerra de Flandes importó en sí misma mucho más que sus pretendidas causas. El Rey mandaba allí sus hombres para aplastar una sublevación política y religiosa y acabar con el milagro económico holandés. Sin embargo, la razón que parecía unir más a sus soldados era el sentimiento de lealtad al monarca, algo perfectamente compatible con el carácter mercenario de las tropas o el aspecto apicarado y variopinto de su vestimenta. La ausencia de uniforme obligatorio simbolizaba lo que la milicia ofrecía a aquellos hombres: toda su libertad a cambio de un mínimo de orden.

«A la guerra me lleva la necesidad. De lo contrario, no fuera en verdad», rezaba otra sentencia de la época. Pero por necesidad un hombre de aquel tiempo podía hacer más cosas que ir a la guerra, máxime cuando los ejércitos se nutrían mayoritariamente de voluntarios. Esto significa que, en última instancia, y pese a todos los condicionantes, quien decidía enrolarse lo hacía porque quería. Se trataba, más que nada, de la arriesgada aventura de construirse una vida propia entre la obediencia y la libertad.

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